2008-03-21

Abanícate /Estribillo/

Recogerte en mi bañera una vez e ir a ti en bici.
Quiero que tus labios de papel se amen cuando ayuno

Tropiezo con tus ganas de querer en este asilo
Te siento, lo presiento, te he notado
Cuando ames no me muerdas con sigilo
Te sigo, te persigo, tras tu rastro
Yo persisto. Existo.


Coloco los raíles porque nunca es tarde
Hay tanta seda que valorar
No más favores de chocolate
Anda, niño, corre y márchate

Los lirios han caído, las vigas reman el firmamento de un techo de todos los días.

Se arrojan algodones a la luz de las cerillas.
No comprendes su presencia en todas partes. Abanícate.
Siempre descansaré en el remanso de lo inseguro.
Sueña, niña, tú sueña con un alba de brezos. Abanícate.


Siégame el susurro de las risas. No me voy a arriesgar a perder tu sonrisa al separarnos. Eres niño, poeta, amor mío, te puedo llamar desde los hondos veranos. Licor de ángeles, te me quedaste para ti. En tanta soledad te he cuidado. Me bañabas entre espumas y plásticos de otras épocas. Heme aquí:

Esta paz, el brío de no enterrar el amarte una vez más en vano. Mi pequeñez me la quedo para mí.

No duele la vida envuelta en sedas y salivas.
Tan solos en los rincones del otoño que no se va a marchar.
Rememoraste mi entierro. El sacramento de las sábanas en el trigal.


Coloco los raíles porque nunca fue ayer
Hay tanta deuda que valorar
No más favores de chocolate
Anda, niña, corre y márchate ¡ya!


Intento devorarme entre tanto ladrido de perros en el sótano.
Amor mío, niña dulce, los náufragos de la paz han llegado.
El alba sorbió el oeste. Tu aliento controló mi pulso.
Te siento, nos sientes, corre y mécete.
Tú, niño de rastro, perfil de piratas. Futura comida.

Entrégame a más primaveras cargadas de un Dios mío.

La quietud del amor en calvario. Seas ceniza o carne, permíteme engullirte. Hacerte en mí. Quietud mezquina la del rencor.

Una infancia muere cuando es besada, dicen.
Mi carne afirmó que empezó a ser ese día.
¿Cambiar? Cuando lo hagan tus risas.

El laúd de la inundación ha llegado.
El dolor contrae el tiempo, tú que deseas morir a tu padre.
El bulbo de esta paz que nos han legado.
¿Te puedo llamar, criatura vacía?

No duele la vida envuelta en sedas y salivas.
Tan solos en los rincones del otoño que no se va a marchar.
Rememoraste mi entierro. El sacramento de las sábanas en el trigal.

David S.V. Estornell

2008(c) V-23-102-546768-01

Con la quietud de las noches de dos lunas,

a Eduardo Pérez Cuenca

(Continuamos grabando)

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