2006-10-07

Mi Primer Secreto [Parte 1]


















“Durante la edad de los snacks, la revolución consistía en consumir golosinas, los gritos del confeti hacían estragos porque las muchachas bonitas lamían aún helados de nata. ¡Maldito Ronald McDonald™! Que robaste mis intentos de casa de papel y ternura con mujeres. Las reinas hechas de luz de un día, su imperio flanqueaba los hogares del subsidio, acallaban los pechos con laxantes, dormían su sexo con baratijas del cliché y un Vogue de mamá. Los trajes eran diversión en aquel otoño en el que el Sol anhelaba que las risas volvieran a sonar en las calles. Luz de un día, nos advirtieron que el sexo tenía mapas. Confundí el puño con los besos. La conjetura del divorcio abría heridas, manchas y fiestas. Nunca fui invitado. Mamá tenía colita.

Llamé a casa, mi padre era el bebé que robó del orfanato. Sus tatuajes simulaban mi esperanza. Hablaban de corsarios y piratas, de hombres feroces que tendían la ropa cuando sus mujeres morían frente al televisor. En aquel olor aprendí a hacerme ofertas frente al espejo. Collar de ácidos, miraba por la ventana una calle con niños que jugaban, risas y llantos, los coches paraban porque aquel imperio era de las reinas. Alguien cabalgaba sobre mí, las ingles quedaban anilladas, los granitos eran síntomas de hígado enfermo y bistec de juguetes.

Llamé a casa, mi padre era el bebé que robó del orfanato. Sus tatuajes simulaban mi esperanza. Hablaban de corsarios y piratas, de hombres feroces que tendían la ropa cunado sus mujeres morían frente al televisor. En aquel olor aprendí a hacerme ofertas frente al espejo. Collar de ácidos, miraba por la ventana una calle con niños que jugaban, risas y llantos, los coches paraban porque aquel imperio era de las reinas. Alguien cabalgaba sobre mí, las ingles quedaban anilladas, los granitos eran síntomas de hígado enfermo y bistec de juguetes.

La culpabilidad, mi obra maestra inacabada.

John Wayne nunca fue mi padre, su levadura se clavó en la memoria de mamá. Un espectro rubio jugaba con marcianos y gobernantes políticos, futuro fermento de hipermercado. La psicosis estaba en ellos, adultos de la patria y el sagrado Jesús que nunca visité. Incendios borrachos, divorcios en la Iglesia, yo saludaba a Cristo la cara de Elliot que sonreía a E.T. Nadie vino de las estrellas a rescatarme. Nadie me susurró otras esperanzas. Todos mis profetas se ponían en cuclillas y besaban mi cabello, decían les recordaba a un tiempo vivido, a una excusa de globitos de colores húmedos. Vendavales de muñecas de trapo, Barbie™ fue siempre mi madre, ella me dejó atado en el aparcamiento, allá donde se reunían suicidas, camioneros y amas de casa con zapatos de aguja del infierno. Tintes de culebrón, quise ser reina y no llegué a sus mandíbulas. Nadie retrocedía ante mí, el mundo era extraño. Yo nunca conocí sus miradas. Me prometían que el Sol nunca saldría, sus jugos de luz sangrarían desde otros orificios extraños. Sarcasmo de juguetes.

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