2007-08-17

Un eco de la Resurrección

"Se había pasado el resto del día buscando, desde pequeña ella sabía de estados mentales. Muy pronto halló dilemas por los que coaccionar a sus seres más queridos.

Concebir el cuerpo como un solo ritualístico, la pereza de sedar los alimentos que una ingiere, la búsqueda de aquella esencia, la que determína el engranaje de lo vivo. Cada cucharada, cada beso con lengua, qué era lo que su intestino grueso absorbía y qué desechaba. Todo era cotidiano, incluso su manera de chupar las pollas.

Sí, esa noche se halló ante el espejo sabiendo que podría hacer de sus pies un reclamo para las cobayas que acudían a los aseos públicos a desmembrar sus propios anhelos. Quería comprarse unos zapatos de charol .Unos zapatos de charol negros, para ser exactos. Mediocre texto este testimonio

Ella no lo sabía, nunca ha intuido nada más allá de lo que huele o saborea. Aquella noche antes de acostar a Abel, preparó una tortilla de patatas. Envolvió un trozo en papel albal.

"Había gente nueva, su inodoro estaba ocupado, el mocoso de turno que enseña a su hermano los placeres de la carne adulta, perezosa y trabajada. Abrió la puerta y estaba. De rodillas con una falda de vinilo, lo postnuclear obtuvo su hegemonía; piernas mal afeitadas y entonces supe que no podía vivir sin ti. Succionando una tubería que jadeaba. El dueño de tal boca. El hijo de Yury, la de la farmacia.

Dejó la puerta abierta y se apoyó en la pared, metió la mano en su bolso buscando un chicle o un condón de frambuesa. Tocó la tortilla, el albal endurecido. Mientras el mocoso hacia el trabajo, probó la comida de mañana. Era curioso qué podía entregarte valor y qué no podía. Cuando estaba interpretando un papel no sentía que estaba siendo valiente.
Miró los zapatos que codiciaba,
el sabor de la cebolla inundó su paladar, aquel papel pinocho con que su abuelo envolvió los valiums™ y los mentolados. Quería esos zapatos, porque al mirar el charol, no sabía a patata, y aquello, sí. Aquello se parecía a la ternura.

Sabía que cada nación tiene el poeta que se merece, toda aquella hacienda pública llena de inmundicias y sus egos auxiliares. Terminó de lamer el papel metálico .El hijo de la vecina se limpia la cara con las mangas de su camiseta de un rosa de triste esperanza. Se oían golpes muy fuertes, constantes y la pretensión…sic

Sí, aquellos ruidos eran fruto de su taquicardia. Ese mocoso llevaba en sus pies poesía. La misma que ella veía en su abuela, en el trapo lleno de moho tras limpiar el culo de su marido. La respiración puede abrumar.

Todos en esta nación saben que se ha de mesurar el lugar en los azulejos. Pero aquel pequeño tenía la edad de los potros salvajes, la edad de su pequeño Abel.

Todos podemos movernos, pero si decides marcharte, de seguro el suelo ya no será estéril sino abismo. Y aquella, las arcadas y nauseas de aquel lugar eran fértiles. Si todos estamos desdibujados por el miedo, por la duda. Aquel momento es el de los fuertes, los forajidos. Lamió la cara al pequeño. Le abrazó y le desanudó los zapatos. Los volvió a atar. Salieron de aquel país. Se lo llevó a su apartamento. Ya tenía sus zapatos de charol.


La respiración puede abrumar sin duda… ahora que sé algo… desde la nebulosa de mis años en Paris, en Amboise, Valencia, Cartagena y algunos psiquiátricos, en la Era del parcheo social, que:

““ David sólo ansiaba pensamientos elevados…silencio, trascurrir dentro de un tiempo sobrado, en donde había planeado su propia resurrección renunciando al sarcófago del cuerpo, como un cantante desteñido del simulacro, siempre estaría intacto, realizado, consumado en el plástico y una ficción.

Cuando piensa en el coraje, piensa en que hay mayor valentía en expresar los sentimientos a una sola persona. Cuando piensa en el coraje antes pensaba en el león cobarde del Mago de Oz, él siempre huía muy lejos por miedo a sí mismo. Él siempre lloraba, porque no podía expresar sus emociones a aquellos a los que estimaba.

Sael se despertaba cada mañana desperezándose en el recuerdo de algo lejano, semejante a sueños bruñidos de azul y plastilina infantil... aferrarse al coraje, es aferrarse a ser íntimo, a ser uno mismo. Expresar los sentimientos sin tener por qué apartarse de alguien por miedo a ser rechazado, le dijeron, esto te acerca a la promesa del amor.

Recuerda, Viccenzo, que en verdad todo sucedió. No fue un sueño. David, no lo olvides nunca.

Exorcizados habían quedados varios demonios, y en el instante en que se sentía con más capacidad que nunca para amar, de pronto se encontraba solo.

David aún tiene fe porque sabe besar, porque había pasado su existencia renunciando a los demás, culpándoles de crearse sus propios mitos, estableció contacto con gentes extrañas que cultivaban la aritmética en pantallas de cine, en la putrefacción de la carne remota.

Mientras en la vida real, él se esforzó por no ver todas aquellas oscuridades enmohecidas por el silencio, para subyacer debajo de todas estas. Para existir sin reparar en el mensaje más sencillo: los seres pequeños como él sólo pueden soportar la inmensidad por un único medio maltratado, obsoleto y engañado, por medio del amor.

Escondido en lo más recóndito de lo sagrado, ya no le importaba qué aspecto tenía ni de dónde provenía, ni tan siquiera su identidad y sus raíces silenciadas voluntariamente, tarde o temprano lo descubriríamos, porque ya estaba aquí, ya está aquí, en el interior de todas las cosas. En esa inteligencia que precede al universo…


Lo sagrado se ha cerrado.

David encontró, por fin, lo que buscaba.


(Extracto de la obra teatral: "Carne de Charol".

Publicación Febrero 2008 Valencia, Esad.©Ma 1-933358-15-1)

A Alejandro Ferrer Moya,

Por cursar todas las cosas eternas y aún así... encontrar ¿?.

David S.V. Estornell Cánovas



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