Un eco de la Resurrección
"Se había pasado el resto del día buscando, desde pequeña ella sabía de estados mentales. Muy pronto halló dilemas por los que coaccionar a sus seres más queridos.
Concebir el cuerpo como un solo ritualístico, la pereza de sedar los alimentos que una ingiere, la búsqueda de aquella esencia, la que determína el engranaje de lo vivo. Cada cucharada, cada beso con lengua, qué era lo que su intestino grueso absorbía y qué desechaba. Todo era cotidiano, incluso su manera de chupar las pollas.
"Había gente nueva, su inodoro estaba ocupado, el mocoso de turno que enseña a su hermano los placeres de la carne adulta, perezosa y trabajada. Abrió la puerta y estaba. De rodillas con una falda de vinilo, lo postnuclear obtuvo su hegemonía; piernas mal afeitadas y entonces supe que no podía vivir sin ti. Succionando una tubería que jadeaba. El dueño de tal boca. El hijo de Yury, la de la farmacia.
Dejó la puerta abierta y se apoyó en la pared, metió la mano en su bolso buscando un chicle o un condón de frambuesa. Tocó la tortilla, el albal endurecido. Mientras el mocoso hacia el trabajo, probó la comida de mañana. Era curioso qué podía entregarte valor y qué no podía. Cuando estaba interpretando un papel no sentía que estaba siendo valiente.
Miró los zapatos que codiciaba, el sabor de la cebolla inundó su paladar, aquel papel pinocho con que su abuelo envolvió los valiums™ y los mentolados. Quería esos zapatos, porque al mirar el charol, no sabía a patata, y aquello, sí. Aquello se parecía a la ternura.
Sí, aquellos ruidos eran fruto de su taquicardia. Ese mocoso llevaba en sus pies poesía. La misma que ella veía en su abuela, en el trapo lleno de moho tras limpiar el culo de su marido. La respiración puede abrumar.
Todos podemos movernos, pero si decides marcharte, de seguro el suelo ya no será estéril sino abismo. Y aquella, las arcadas y nauseas de aquel lugar eran fértiles. Si todos estamos desdibujados por el miedo, por la duda. Aquel momento es el de los fuertes, los forajidos. Lamió la cara al pequeño. Le abrazó y le desanudó los zapatos. Los volvió a atar. Salieron de aquel país. Se lo llevó a su apartamento. Ya tenía sus zapatos de charol.
La respiración puede abrumar sin duda… ahora que sé algo… desde la nebulosa de mis años en Paris, en Amboise, Valencia, Cartagena y algunos psiquiátricos, en la Era del parcheo social, que:
Sael se despertaba cada mañana desperezándose en el recuerdo de algo lejano, semejante a sueños bruñidos de azul y plastilina infantil... aferrarse al coraje, es aferrarse a ser íntimo, a ser uno mismo. Expresar los sentimientos sin tener por qué apartarse de alguien por miedo a ser rechazado, le dijeron, esto te acerca a la promesa del amor.
Recuerda, Viccenzo, que en verdad todo sucedió. No fue un sueño. David, no lo olvides nunca.
Mientras en la vida real, él se esforzó por no ver todas aquellas oscuridades enmohecidas por el silencio, para subyacer debajo de todas estas. Para existir sin reparar en el mensaje más sencillo: los seres pequeños como él sólo pueden soportar la inmensidad por un único medio maltratado, obsoleto y engañado, por medio del amor.
Lo sagrado se ha cerrado.
David encontró, por fin, lo que buscaba.
(Extracto de la obra teatral: "Carne de Charol".
Publicación Febrero 2008 Valencia, Esad.©Ma 1-933358-15-1)
A Alejandro Ferrer Moya,
Por cursar todas las cosas eternas y aún así... encontrar ¿?.
Etiquetas: Adelfa Blanca, carne, Luis Antonio de Villena, Resurreción, rimbaud, Saä Viccenzo



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